Ver Nápoles y luego morir"
Así recita este famoso proverbio y, en estas pocas palabras, se resume el espíritu y el
entusiasmo que generalmente animan al turista que visita la espléndida ciudad partenopea.
Inmediatamente nos ponemos en contacto con siglos de tradiciones que aún hoy subsisten
juntos. Antiguos oficios que aún en el siglo XXI sobreviven a la era moderna: Desde la
orfebrería, a la cual está dedicado un barrio en el corazón de Nápoles, los
famosísimos pastores, los "impagliaseggia", que trabajan la paja de sillas y
sillones y que venden por las calles, con sus carretas aún hoy tiradas a mano, a los
artesanos que trabajan el hierro forjado.
Y qué decir del artista que logra devolverle la vida a viejas y deterioradas muñecas en
su taller, llamado justamente "L'ospedale delle bambole"? (El hospital de
las muñecas). Nápoles con sus
palacios y edificios, es una suerte de libro abierto: Cada monumento es un pedazo de
historia que conduce a las diversas dinastías que se han sucedido en el gobierno de la
ciudad.
La Unesco ha declarado a las riquezas urbanísticas de Nápoles "patrimonio de la
humanidad": Un patrimonio inmenso que se viene construyendo desde el siglo VII a. C.
hasta los monumentos más cercanos en el tiempo.
No sólo museos, pinacotecas, castillos, antiguos portales, fuentes y parques, sino
también iglesias, más de 200, que en su interior custodian obras maestras de la
escultura y de la pintura de enorme valor y extraordinaria belleza.
Una atención especial merece
el centro histórico de la ciudad, verdadero museo a cielo abierto, con un diseño
arquitectónico y artístico que se inicia con el establecimiento greco-romano, con los
muros griegos y romanos; las excavaciones de San Lorenzo Maggiore, la división en
"Decumani y Cardini" lleva a nuestros días, a través de 25 siglos de historia,
durante los cuales fueron edificadas iglesias, palacios nobiliarios, claustros y fuentes.
La estructura del centro antiguo de Nápoles es antiquísima, y se basa en tres ejes, que
van de este a oeste (los antiguos Decumani), cruzados por calles (los antiguos Cardini),
con orientación norte-sur, formando así los islotes rectangulares (las antiguas
Insulae).
El Decumano superior,
su nombre deriva de dos muros del siglo II, edificados en apoyo del Teatro Romano, cuyos
restos aún están visibles en la actual "Via dell'Anticaglia".
A lo largo de este eje surgen antiguas iglesias, como S. Giovanni a Carbonara, S. Maria di
Donnaregina, además del Ospedale degli Incurabili (Hospital de Incurables), en el
cual se encuentra la farmacia, verdadera joya artística, edificada en el '700.
El Decumano mayor,
corresponde a la actual calle de los Tribunales, así llamada porque termina en Castel
Capuano, que por el '500 fue sede de la administración de justicia.
Excepcional concentración de edificios e iglesias a lo largo de este eje, en una
estratificación que no conoce precedentes: Desde los antiguos restos greco-romanos
desciende la iglesia S. Lorenzo Maggiore, y bajo el Duomo, los conventos de los
Girolamini, hasta la actual sede del Conservatorio, S. Pietro a Maiella, y el
piadoso Monte de la Misericordia, con su importantísima pinacoteca, donde se custodian
telas de la escuela napolitana de los siglos XVII y XVIII.
El Decumano inferior,
llamado popularmente "Spaccanapoli", porque parece cortar a Nápoles en dos
partes iguales, corresponde a las actuales calles "via Benedetto Croce" y "
via S. Biagio dei Librai".
Espléndidas iglesias que se yerguen a lo largo de este antiguo eje, desde la iglesia del Gesù
Nuovo, a la iglesia de S. Chiara, pedida por Roberto Iº d'Angiò, construida
alrededor del extraordinario claustro de las Clarisse.
Continuando, se llega a la Plaza S. Domenico Maggiore, donde se puede visitar la
Basílica, edificada alrededor del siglo XIII d.C., y luego también se pueden visitar
Capilla Sansevero, la pequeña iglesia de S. Angelo a Nilo, S. Gregorio Armeno, que surge
sobre una de las calles del centro histórico más conocida en el mundo, con su mercado de
pastores y del arte del pesebre.
El centro histórico de
Nápoles es riquísimo también por sus espléndidos palacios nobiliarios, que testimonian
la importancia de este antiguo núcleo, habitado por ricas y aristocráticas familias de
la época: Por ejemplo, el "Palazzo Carafa" de Maddaloni, "Palazzo
Marigliano", "Palazzo Filomarino" y tantos otros.
Imposible evitar una breve parada para admirar los espléndidos portales y lo maravillosos
patios internos de estos palacios, casi todos del '500.
Pero Nápoles también es la simpática hospitalidad de sus habitantes, muy desenvueltos,
perspicaces y dispuestos para aconsejar a quien necesita ayuda, y de riñas en alguna
esquina de las calles. Venir a Nápoles significa estar totalmente comprometidos con la
intensa vida que reina y que la hace una metrópolis viva, colorida, que ofrece siempre
nuevos y divertidos cuadros de la vida cotidiana.
El arte de la repostería y
de la cocina napolitana, está colmado por siglos de tradiciones nobiliarias y de los
conventos y se basa en productos irrepetibles, gracias al clima, al sol de Nápoles, a la
prodigiosidad de una tierra particularmente fértil, y a la creatividad del pueblo
partenopeo, que supo elaborar deliciosos platos en su típica simpleza mediterránea.
El pan, la pizza, el tomate, con sus diferentes usos, la mítica mozzarella; en
qué otro lugar se pueden comer los "friarielli", pasados por sartén con ajo,
aceite y morrones?
"Dulcis in fundo"... los dulces. Desde la pastelería, el "babà", las
"sfogliatelle",
a los exquisitos dulces de la tradición navideña.
El regreso del turismo a Nápoles,
luego de años de abandono y de degradación, es hoy tangible: basta caminar por las
calles del centro histórico, colmadas de locales donde se puede comer y beber con amigos
y escuchar buena música hasta tarde: Desde Plaza Bellini a Plaza del Plebiscito,
no queda otra duda que la de elegir: Desde los restaurantes típicos, las comidas
rápidas, las vinerías, las cervecerías y los cafés literarios.
Basta con ir al "Castel dell'Ovo" y el "Borgo Marinari" para rodearse
de una atmósfera marina, donde se puede beber o comer un escabeche o una cazuela de
mejillones al aire libre, también en pleno invierno, gracias a su apacible clima.
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